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miércoles, setiembre 19, 2007

Perro e'chacra contraataca...



Esto sí que está bueno. Mauricio Mulder ha respondido en su columna de Correo a Mirko Lauer, quien como publicamos en un post anterior le didicó una furibunda y reveladora columna titulada el mongo

Mulder calificia a su ex colega como "señorito de alcantarilla". Empieza diciendo que
inicialmente había decidido ignorar lo escrito por "el señorito Miroslav Lauer, aprovechando mi ausencia del país para insultarme cobardemente".

Pero esta vez no lo ignoraré. Si en los seis años que trabajamos juntos en La República crucé dos palabras con él, sería mucho. Claro, ocasión no había. Mientras el común de los trabajadores de dicho diario y los periodistas en su conjunto trabajan diez o más horas diarias por mil o dos mil soles, el señorito trabajaba de 9 a 10 de la mañana, para no cruzarse con la plebe en la redacción.

Me enteraba de su existencia cuando, en pleno fragor de la lucha contra Fujimori, se quejaba melindrosamente ante el gran Gustavo Mohme Llona para que yo no ataque a Fujimori ni a Montesinos en mi columna. Le decía que, según contrato, yo sólo debía ceñirme a temas internacionales, y lloriqueaba que él y sólo él podía escribir sobre política y que lo mío podía “molestar” al gobierno.

Sus llantos eran memorables cada lunes que se reunía el comité periodístico. Claro, mis columnas son y han sido siempre polémicas pero directas y sin vericuetos vergonzantes, en cambio a él jamás nadie lo ha tomado en cuenta. Churriguerescos giros seudointelectuales que buscan esconder huachafería de medio pelo. Y claro, los lectores se descuelgan desde la primera línea. ¿Se imaginan el drama de un hombre que en la curva final de su vida, en la antesala de la senilidad rampante, se da cuenta de no haber dejado una sola columna memorable? Ni qué decir de algún “poema” que estoy seguro ningún peruano ha leído jamás.

Disfrazarse de intelectual y no pasar de ser un plumífero es el alma del farsante.
Los insultos de Lauer sólo me confirman que como ser humano voy por lo que mi conciencia indica que es el camino correcto. El día que los farsantes, aquellos que toman aires de solemnidad para decir cada dos minutos “mi impresión es que...” y sueltan a renglón seguido cualquier puerilidad, me estampen un elogio, entonces me habré vuelto uno de ellos. El día en que un racista que detesta mezclarse con cholos me suelte un salmo es porque ya estoy entrando en los círculos de Dante. La hora en que una rabona de la dictadura, que se inaugura en el periodismo llevado por asaltantes de diarios, me señale como prohombre, es porque habré perdido todo asomo de dignidad y habré claudicado en mis principios democráticos y revolucionarios.

Con la verdad no temo ni ofendo. No tengo nada de qué arrepentirme ni cargo tremendos rabos de paja, como otros. No tengo ninguna necesidad de venderme como “intelectual” para mantener mi pitanza bien aceitada. He sido siempre fiel a mi partido y a él respondo. Ya quisiera el susodicho, como lo pregonaba contra el propio Haya de la Torre cuando escribía por encargo de sus patrones entorchados, que en el APRA haya “rebelión” o cosa parecida. No es la primera vez que los lamebotas pretenden dividirnos. No es la primera vez que desnudan su deseo de vernos matándonos entre nosotros. Les duele que reciba, como Secretario General del PAP, permanentes muestras de respaldo de las bases partidarias, ni una sola de las cuales, a nivel nacional, se ha prestado a la maniobra del divisionismo que algunos alientan.

Siempre he sido un hombre de debate. Emito juicios polémicos pero que son mi verdad. Y muchos políticos y periodistas me contestan en muestra de su capacidad esgrimística. Los que insultan son basura, como decía, aunque les duela, mi Maestro y Jefe Víctor Raúl Haya de la Torre, el hombre más calumniado e insultado del Perú. Hoy todos lo respetan, pero cuando estaba en vida, plumíferos como Lauer lo insultaban. Hoy demuestra que no ha cambiado ni aprendido nada. Y mucho favor le hago poniendo su apellido en esta columna.

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